domingo, 20 de abril de 2014

Introducción.

TRADICIONALMENTE se viene aceptando —y ya veremos por qué— que Las mil y una noches fueron dadas a conocer en el mundo occidental por la versión francesa que, procedente del árabe, realizó bajo el reinado de Luis XIV el orientalista francés Galland. Pero si investigamos en la temática de la literatura española veremos que nuestros autores renacentistas conocían los temas de varios de sus cuentos y que ya en la Edad Media Pedro Alfonso, Jacob ben Eleazar de Toledo (siglo XIII) y otros introdujeron cuentos —como demostró Menéndez y Pelayo en el caso de la doncella Teodor (véanse noches 436-462)— que conocieron una amplia difusión en la Península, sin contar con los que llegaron a Europa por otras vías, como la italiana representada en el Decamerón. Si continuamos intentando profundizar a través del tiempo, es decir, buceando en busca del origen de estas obras, tropezamos con un par de textos árabes fechables que nos afirman la existencia de los mismos con mucha antelación a las fechas aquí apuntadas; Muhammad b. Ishaq b. al-Nadim en su Kitab al-fihrist (Libro del índice [de los libros que ha manejado]) compuesto en el 377 de la hégira, que corresponde al 978 de la era cristiana (377/978) nos indica que:

  «Los primeros que compusieron novelas de aventuras, las reunieron en libros y los guardaron en las bibliotecas fueron los persas, quienes colocaron algunas de ellas en boca de los animales. La tercera dinastía de los reyes de Persia, los asganiya, se aficionaron en exceso a ellas, y este género aumentó y adquirió gran importancia en la época sasánida. Los árabes las vertieron a su lengua y una vez en manos de los instruidos y de los literatos, éstos las corrigieron, las arreglaron e incluso compusieron otras parecidas. El primer libro que se compuso en este género fue el Hazar afsané que significa “mil cuentos de aventuras”. El origen fue que un rey tenía la costumbre de matar a la mujer con la que había cohabitado la noche anterior. Se unió a una princesa inteligente y lista llamada Sahrazad; cuando ésta estuvo a su lado empezó a contarle un cuento que se prolongó hasta el fin de la noche, lo cual movió al rey a conservarle la vida para poderle preguntar, durante la noche siguiente, por el final del relato; así transcurrieron mil noches durante las cuales la poseyó hasta que quedó en estado y dio a luz un hijo; se lo mostró al rey y le explicó su ardid. El rey se maravilló de su agudeza y le conservó la vida. Este soberano tenía una nodriza llamada Dinarazad que le había ayudado en todo esto. Se dice que este libro se compuso para Luhmaní, hijo de Bahmán, pero también se dicen muchas otras cosas.

  »Lo cierto, si Dios quiere, es que el primero que se entretuvo con los relatos nocturnos fue Alejandro Magno, que tenía muchas personas dispuestas a distraerle y a contarle cuentos; él no veía en ello un pasatiempo, sino un medio de estar siempre vigilante y alerta. Para eso mismo sus sucesores utilizaron el libro Hazar afsané que contiene mil noches y menos de doscientos cuentos, ya que uno de ellos se prolonga durante varias noches. Lo he visto varias veces y es un libro sin valor, seco.

  »Al-Yahsiyarí, autor del Kitab al-wuzara (Libro de los visires) empezó a componer un libro para el cual había escogido mil veladas de árabes, persas, griegos y otros; cada uno tenía valor por sí mismo, sin depender de los demás; estuvo en relación con los recitadores nocturnos de los que aprendió lo mejor que sabían y referían con arte; además extrajo de los libros que trataban de veladas y narraciones lo de que por sí ya era bello y hermoso. Así reunió cuatrocientas ochenta noches; cada una contenía un relato completo que ocupaba cincuenta hojas más o menos. Pero antes de poder concluir la composición de mil veladas le arrebató la muerte. He visto numerosos cuadernillos de esta obra escritos por Abu-l-Tayyib, hermano de al-Sayfí.

  »Pero antes de todo esto ha habido multitud de gentes que han compuesto veladas y narraciones poniéndolas en boca de personas, pájaros o animales. Entre otros pueden citarse Abd Allah b. al-Muqaffa, Sahl ibn Harún, Alí ibn Dawud, secretario de Zubayda, y otros muchos cuyas biografías y las referencias a sus obras se dan en los lugares correspondientes de este libro.

  »Se discute mucho acerca del libro Kalila wa-Dimma (Calila e Dimna). Hay quienes dicen que lo han compuesto los indios, basándose en lo que se apunta en su prólogo, pero otros sostienen que lo compusieron los reyes asganiya, y que los indios lo imitaron. Muchos sostienen que Buzuchamhar, el sabio, compuso las distintas partes. Del libro del sabio Sindibad (Sendebar) existen dos copias: la mayor y la menor. Las discrepancias que sobre el mismo existen son similares a las del Calila e Dimna, pero la opinión imperante y más próxima a la verdad asegura que fue compuesto por los  indios.»

na pequeña variante a lo expuesto por Ibn at-Nadim la da la afirmación de al-Masudí (m. c. 957) en sus Muruch al-Dahab (Praderas de oro) al decimos que «ocurre con estas leyendas lo mismo que con las obras que nos han llegado después de haber sido traducidas del persa, del sánscrito o del griego. Éste es el caso del libro titulado Hazar afsané, que en árabe significa “mil cuentos” ya que la palabra persa afsané tiene el mismo sentido que el árabe jurafa (leyenda, cuento). Este libro es conocido entre el público con el nombre de Alf layla wa-layla: trata de la historia del rey, de su hija y de la nodriza de esta última: Sirazad y Dinazad».

  Estas afirmaciones —que en seguida vamos a precisar— vienen corroboradas por la existencia de brevísimos fragmentos de Las mil y una noches que pertenecen al siglo IX.

  La primera observación que cabe hacer es el escaso valor estético que Ibn al-Nadim concede a nuestro texto; es, nos dice, «un libro sin valor, seco», cosa que no se le ocurre apuntar del Calila e Dimna, traducido al árabe por uno de los mayores prosistas de esta lengua en todas las épocas, Ibn al-Muqaffa, ni de la obra de al-Yahsiyarí. Esta afirmación se mantuvo válida en el mundo árabe a lo largo de más de diez siglos.

  Muchos cuentos de Las mil y una noches, en un largo período de su evolución, debieron de ser verdaderos pliegos de cordel que sólo eran aptos para ser recitados, como episodios aislados, por los juglares en los mercados a la caída del sol. Recuerdo que cuando hace ya casi cuarenta años asistía al último curso de la Escuela primaria árabe, en Alcazarquivir, para acostumbrar mi oído al árabe clásico, tan fonéticamente bien pronunciado por mi amigo si Abd al-Qadir Wayya, en la biblioteca de la misma existía un ejemplar del gongorino texto de las maqamas del Harirí y ni un solo volumen de Las mil y una noches. Y eso que en aquel entonces —y desde que en 1251/1835 había aparecido la edición príncipe de Bulaq— los críticos árabes venían reivindicando —a la vista del éxito obtenido en Occidente por la versión de Galland— Las mil y una noches como una de las obras representativas de su literatura clásica.

  Otro punto que plantea el texto de Ibn al-Nadim es el del origen real del mismo, pues nos asegura que se trata de una versión del persa. Pero esta afirmación, aceptable para un núcleo pequeño de cuentos, es imposible que lo sea para la totalidad, puesto que hay narraciones que la crítica interna demuestra que son muy posteriores a la época en que escribía Ibn al-Nadim. Y de ser así, también puede pensarse que la obra tuvo su origen en la India, lo cual explicaría el marco patriarcal en que se desarrollan la mayoría de las escenas. Sin embargo, aún quedaría por explicar el origen de algunos episodios (noche 193, Historia de Qamar al-Zamán, hijo del rey Sahramán) de tipo rabiosamente matriarcal, y a partir del cual —o bien del similar que figura en Los mil y un días con el título de El príncipe Calaf y la princesa de China— había de servir de inspiración a Puccini para su ópera Turandot. Igualmente cuesta explicar la intervención de la doncella, nodriza o hermana —todos esos nombres recibe la acompañante de Sahrazad en su aventura, según los manuscritos de que se trate, y éstos son una infinidad— que hace que la obra termine en un doble matrimonio.

  Estos elementos apuntan a un origen oriental del cuadro-marco que tiende a situarse en Indochina, en algunas de cuyas regiones, v. g. la de los miao-tseu, era la mujer la que elegía al marido y no al revés. Hombres y mujeres se reunían durante algunos días de la lunación de mediados de otoño formando dos filas paralelas. Cada una de ellas tenía su jefe, hombre o mujer, quien actuaba como el director del coro —toda la escena recuerda el juego, aún vivo, del «matarile»—. Las canciones iban alternativamente de una a otra fila y si una muchacha se sentía interesada por un joven, le lanzaba una pelota de color que iba de un lado a otro hasta que caía al suelo: la muchacha que la recogía marcaba su inclinación por quien la había lanzado: su futuro esposo. Evidentemente el residuo más pequeño de dos filas son dos hombres por un lado y dos mujeres por otro.

  Admitido un origen extremo-oriental del cañamazo de esta narrativa que se encuentra representado en el Nontuk Pakaranam —(una noche con cuatro cuentos para la misma; uno para cada vela con el fin de evitar que el sueño venciese a los trasnochadores o vigilantes)—, el Vetalapañcavimcati (veinticinco cuentos), etc., se observa en su marcha hacia Occidente los siguientes fenómenos:

  a) Patriarcalización del cuadro al caer en manos de los indoeuropeos en el subcontinente gangético.

  b) Aumento progresivo del número de noches mediante la incrustación de unos cuentos dentro de otros (sistema del cajón de sastre o caja china), con o sin el desplazamiento de los cuentos primitivos. Las incrustaciones de nuevos cuentos pueden ser, para un círculo cultural dado, bien de manera aislada (v. g. la historia fechable por el horóscopo de la noche 29 que corresponde al año 653/1255 y es de origen egipcio) [1] o bien masiva, como ocurre con los cuentos persas que cubren las noches 720-778. En todo caso el número de noches debió de tener desde sus orígenes un valor simbólico, tal y como antes de nuestra guerra se decía de una persona muy rica que era «millonaria», cosa que hoy parece puro absurdo, puesto que son miles y miles de personas las que ganan más de un millón de pesetas anuales. Lo mismo ocurrió, pues, con las noches «cuentísticas»: veinticinco noches primero, luego cien, más tarde mil fueron cifras que querían significar —cada una y en su momento— un gran número. Lo que no cabe duda es que en el siglo IX ya se había pasado del mil de los persas a las mil y una de los árabes. Este paso pudo ser debido a la aversión que los musulmanes sienten por las cifras redondas o, tal vez, como sugiere Littmann, a la influencia del idiotismo turco bin-bir (mil y uno) que sirve para designar un gran número: en Anatolia existen unas ruinas llamadas Bin-bir-kilise (mil y una iglesias) y es obvio que en aquel lugar nunca han existido en tal cantidad.[2] En cualquier caso parece ser que en su origen Las mil y una noches constaban de un número muy inferior al que enunciaba en su título y que al principio de la época abbasí debía andar alrededor de las cien y que los cuentos en ellas narrados debieron ser, fundamentalmente, los que aún figuran en cabeza de la colección.

  c) Cambio del concepto de la moral según el origen de los cuentos.

  d) Menor longitud de las noches cuanto más recientes son.

  La inmensa cantidad de manuscritos completos o fragmentarios que existen en Las mil y una noches, la distinta ordenación de los cuentos, las discrepancias entre las introducciones y las conclusiones de toda la obra[3] y las distintas traducciones de los diversos autores hechas siguiendo unos criterios eclécticos y realizando ellos mismos incrustaciones de unos textos en otros, obliga a aclarar ya ahora, antes de seguir adelante, que nuestra traducción tiene por base la quinta edición en cuatro volúmenes de la imprenta Sarafiyya (El Cairo, 1323/1906) y la de la Dar al Kutub al-arabiyya al-kubrá (s/d) que coinciden con los textos de ZER (Zotenberg’s Egyptian Recension), con algunas pequeñas variantes que hemos tomado de la segunda edición de Calcuta (1832-1842) y hemos incluido, en los lugares en que se encontraban primitivamente o que nos han parecido más oportunos, los cuentos desplazados, es decir, que no figuran en el ZER. Los hemos traducido de otras ediciones, añadiendo al ordinal de la noche duplicada la letra (a).

  Dicho esto podemos pasar a ver qué criterios podemos utilizar para situar cronológicamente los cuentos. Éstos son de tres tipos: 1) temáticos; 2) astronómicos; 3) onomásticos; 4) estadístico-filológicos realizados por medio de ordenador.

  1) Temáticos:

  a) Orientales: aquellos de argumento matriarcal.

  b) Indios: en la historia-cañamazo aquellos que nos presentan a los genios traicionados por las mujeres a las que tienen secuestradas; el marido engañado que se consuela al enterarse de la desventura de otro. Los cuentos iniciales conservan el mismo orden arcaico que debieron de tener en el original indio, y por tanto pertenecen a una época muy antigua (noches 1-34), aunque alguno de ellos haya sido reelaborado muy pronto en Bagdad (El comerciante y el «efrit», 1-9) y otro, el del jorobado (24-34), en que se nos describe un caso de reanimación de un hombre atragantado. También (29) se encuentran incrustaciones egipcias del siglo XIII. Al mismo ciclo pertenece el Sendebar (578-606).

  c) Persas: es difícil señalar sus huellas, ya que apenas conocemos lo que fue la narrativa persa preislámica. La historia que sirve de marco presenta muestras de iranización, pues suelen considerarse como indopersas aquellos episodios en que los genios gozan de libre albedrío. Otros indicios —por ejemplo, la onomástica, en la que tal vez haya que considerar el nombre Sahrazad como un derivado de Chirín, la esposa de Cosroes I— permiten considerar de origen persa, aparte del bloque de las noches 720-778, seguido por la Historia de Hasán de Basora, el orfebre (779-831) que parece marcar una reacción antipersa del recopilador, o la historia de Qamar al-Zamán y la princesa Budur (170-249) que engloba, como ya hemos señalado, elementos orientales (193) e iranios.

  d) Musulmanes iraquíes: en general está constituida por una serie de historias en las que Harún al-Rasid interviene en asuntos de amor de los que queda excluida la magia; en tomo suyo aparecen los principales personajes de la corte: los barmecíes, Abu Nuwás, Masrur, etc. La vida de la corte se presenta estilizada, reducida a los límites y a los tópicos con que la veía la imaginación popular. Al-Rasid aparece disfrazado de mercader y, más aún, de pescador. Muchos cuentos tienen un valor artístico considerable, por ejemplo el de Nur al-Din y Anis al-Chalis (34-38) o el de Jalifa el pescador (831-845) en la que el narrador sabe sacar provecho de un tema que, en origen, no era árabe. Es en este período cuando se incorporan algunos elementos procedentes de la antigua civilización asiro-babilónica que influyen, por ejemplo, en la narración de Hasib Karim al-Din, de Ahiqar (falta en ZER), etc. Sus fuentes se encuentran en la historia, la leyenda y la poesía árabes.

e) Musulmanes egipcios: debieron de empezar a introducirse en la época fatimí y alcanzaron su auge bajo los mamelucos (siglos XII-XV). En conjunto abarcan la mitad del texto del ZER, y tienen un valor artístico muy dispar. Se nos presenta a un Harún al-Rasid distinto del real, mezclado con genios sometidos a talismanes; Abu Nuwás recita versos que unas veces son suyos y otras del egipcio Baha al-Din Zuhayr; éstos, en la mayor parte, podrían haberse omitido, pues sólo sirven para conceder un respiro al auditorio al que se supone saturado de una acción que puede llegar a ser muy intensa y de la que el verso —alguno de autores arabigoespañoles como Ibn Zaydún e Ibn Abdún (siglo XI)— es una recapitulación y síntesis. Entre las historias de esta época están las de Sams al-Din y Nur al-Din (19-24); Alá al-Din Abu al-Samat (249-269); Alí Sar y Zumurrud (308-327); Samsa y Chansah o Hasib (482-536); Alí al-Zaybaq al-Misrí (709-719); Masrur y Zayn al-Mawasif (845-863); Nur al-Din y Maryam la cinturonera (863-894); Abu Qir y Abu Sir (930-940); Abd Allah de la tierra y Abd Allah del mar (940-946); Ibrahim b. al-Jasib y de Chamila (952-959); Chawdar el pescador (606-624) y Maruf (989-1001).

  La Historia de Hasib (482-536) presenta fuertes elementos judíos que han hecho pensar a Chauvin en la existencia de dos recensiones egipcias. La primera introduciría los cuentos de mayor valor estético; la segunda, más tardía, sería obra de un judío islamizado, tal vez el seudo-Maimónides, y dataría de fines del siglo XV. Nos presenta a los judíos de la manera más simpática posible e introduce la historia de Susana. Se nota, además, una fuerte influencia de la hagadá[4] y aun de la misma Biblia. Carente de talento literario se limita a describimos monótonamente escenas tan fantásticas que, por su misma fantasía, nada nos dicen: subterráneos interminables, genios obedientes a un talismán, gigantes que se suceden unos a otros de la manera más semejante posible. En este subgrupo los manuscritos presentan numerosas variantes. Se trata de la Historia de Chawdar (606-624) y de algunos retoques y adiciones de la de Achib y Garib (624-680) y de la de Abd Allah de la tierra y Abd Allah del mar (940-946), etc.

  Evidentemente entre estos cuentos hay algunos que «han entrado» a formar parte de Las mil y una noches, por ejemplo el de Umar al-Numán (45-145); La esclava Tawaddud (436-462); Sindbad el marino (537-566); Sendebar (578-606), mientras otros han dejado de pertenecer al corpus ZER,[5] tales como Abu-l-Hasán o el durmiente despierto (152 a-171 a); Aladino y la lámpara maravillosa (514 a-591 a); El príncipe Ahmad y la perí Banú, la astucia de las mujeres, el Séptimo viaje de Sindbad el marino, Baybar y los dieciséis policías, Las hermanas celosas, Zayn al-asnam, las aventuras nocturnas del Califa, Judadad y sus hermanos, Alí Jawadcha y el mercader de Bagdad, Alí Babá y de los cuarenta ladrones,[6] etc.

  2) El criterio astronómico nos ha permitido fechar con seguridad un solo relato, ya que el cálculo corrobora las efemérides expuestas en la noche 29.

  3) En cambio la onomástica y el léxico, sobre todo la toponimia, permiten establecer términos ante y postquem de determinados cuentos; mal se pueden citar ciudades como Génova, Venecia, Zara, Ragusa, etc., antes de que éstas tuvieran relaciones comerciales con Egipto, o personajes históricos antes de la existencia de los mismos, o determinadas construcciones, palabras o dialectalismos antes de que éstos iniciaran su existencia, como ocurre en el texto de Sindbad el marino.

  4) A base de una serie de cuentos cuya fecha parece segura gracias a los criterios anteriormente expuestos, el señor Juan Luis Marcó Sánchez, en su tesina de licenciatura (1980), ha establecido, mediante el tratamiento con ordenador de los mismos, la siguiente evolución de la lengua árabe, tal y como se presenta en las ediciones ZER, conforme avanza el tiempo; o sea, que los cuentos han sido escritos en época más reciente.

  a) Disminución de la partícula de vocativo ayyuha (¡oh!).

  b) Retroceso de la utilización del verbo laysa (no ser) compensada por la mayor frecuencia del uso de las partículas negativas la y ma.

  c) Aumento de la complejidad sintáctica mediante el uso mayor del auxiliar kana y la partícula illa.

  d) Aumento del uso del pronombre aislado de tercera persona masculino singular precedido de la co-putativa wa, lo cual hace sospechar una posible lectura wahwa.

  El corpus ZER de Las mil y una noches parece haber quedado definitivamente cerrado en el siglo XVI, pero fragmentos del mismo, así como de otras recensiones, fueron conocidos en España a partir del siglo XII-XIII Ya hemos aludido a los casos del Sendebar y de La esclava Tawaddud. Pero hay más: El caballo de ébano (357-371) realizó su última y más famosa carrera con el Clavileño del Quijote; Qamar al-Zamán y Budur (170-249) influye en: la obra catalana Jacob Xalobín, el poema de Ottinello e Giulia, la Bella Magalona, la patraña IX de Timoneda y, de modo más remoto, la comedia Los tres diamantes de Lope de Vega muestran su influjo que, a través del italiano o francés, llegó hasta el mundo bizantino. La novela de caballería del Rey Umar al-Numán (45-145) influyó, según S. Bosch,[7] en el Tirant lo Blanch; la parte picaresca del ciclo del barbero (31-33) presenta concomitancias con determinadas escenas del Buscón; la mesa de Salomón (272) tiene sus ecos en El conde Lucanor y la comedia Bamba de Lope; Abu-l-Hasán o el durmiente despierto (152 a-171 a) se refleja en La vida es sueño de Calderón, etc.

  Por tanto, cuando Antoine Galland (1646-1715) empezó a publicar Les mille et une nuits, contes arabes, traduits en français (1704-1717; 12 volúmenes) dio a conocer a Europa la unidad de una obra que, de modo fragmentario hasta entonces, había infiltrado ya elementos suyos en varias literaturas de nuestro continente mediante procedimientos de transmisión que, en su mayor parte, aún hoy desconocemos. El trabajo de Galland no se basaba en la recensión ZER —sólo contenía una cuarta parte del texto que hoy conocemos—; incluía, por ejemplo, los cuentos de Aladino y la lámpara maravillosa y de Alí Babá y de los cuarenta ladrones; edulcoraba los textos de tono subido que hubieran excitado las iras de la sociedad francesa de la época y suprimía buena parte de los versos que pululan en las páginas de nuestro libro. Ahora bien: su estilo y presentación cuadraban de manera perfecta con lo que los cortesanos del rey Sol imaginaban que era Oriente: de aquí su éxito y sus imitaciones (Los mil y un días, Las ciento y una noches, etc.) que en modo alguno consiguieron desplazar a su modelo.

  La ocupación francesa de Egipto por Napoleón Bonaparte hizo el resto: los árabes se dieron cuenta de que lo que ellos consideraban vulgares pliegos de cordel era una obra admirada por todos los pueblos occidentales y, desde ese momento, ese libro, «sin valor y seco» según Ibn al-Nadim, se transformó en dechado de todas las perfecciones e hizo gemir una y otra vez las prensas orientales, bien con nuevas ediciones del texto despojado de los dialectalismos que figuran en algunos manuscritos y regularizado de acuerdo con las normas del árabe clásico, bien con monografías y más monografías destinadas a exaltar el valor universal de la literatura popular de sus antepasados.

  Entretanto en Europa se multiplicaban todo tipo de traducciones: desde las expurgadas (v. g. la de Galland), hasta las fieles (Lane) o exageradas en sus pasajes más escabrosos (la francesa de Mardrus, con versión castellana de Blasco Ibáñez). Porque, hay que reconocerlo, Las mil y una noches no sólo es un mosaico que contiene cuentos de los distintos pueblos que en un momento u otro de su historia las acogieron, sino que también es un mosaico de las muy diversas morales de los mismos. Y así, al lado de cuentos piadosos, de fábulas didácticas (v. g. 145-152, etc.) se encuentran otros de tono subido, historias de bestialismo y homosexualidad, etc. (v. g. 282-285, 355-357, etcétera). Son, por tanto, un verdadero cajón de sastre, tanto en temática como en moral.

  Littmann, autor de la mejor traducción alemana de esta obra, ha establecido una clasificación en géneros de los cuentos que, con variantes, vamos a seguir. Las mil y una noches contienen cuentos maravillosos; novelas de caballería, amorosas o picarescas; leyendas; narraciones didácticas; cuentos humorísticos; anécdotas y fábulas; relatos esotérico-místicos, etcétera.

  Para las personas supersticiosas advierto aquí que una conseja popular del siglo XVIII afirma que quien quiera leer todo el libro morirá antes de terminar la lectura. Igualmente debo añadir que yo concluí la presente traducción en 1959 y sigo gozando de una regular salud.

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